¿Y si el auto-cuidado fuera el fundamento de la educación sexual?

Cuando pensamos en Educación a menudo pensamos en términos de calificaciones, puntuaciones y logros. Rara vez le preguntamos al sistema educativo de qué manera está equipando a la juventud para la vida y las relaciones interpersonales. Mientras tanto, el Internet, cuyo contenido es cada vez más violento y pornográfico, actúa como herramienta educativa ante la ausencia de valores y una educación sexual relacional.

La educación sexual podría ofrecer un apoyo fundamental a la juventud en el desarrollo de su intimidad, las relaciones amorosas, la apreciación y la comprensión del cuerpo y, con esto, aprender a vivir en auténtica salud y bienestar. Sin embargo, existe bastante evidencia de que la educación sexual en la mayoría de los países es absolutamente insuficiente y de que, cuando se enseña, por lo general está basada en aspectos funcionales y el miedo. Se enseña la dimensión física del sexo (asociada a la función reproductiva) y los riesgos que la acompañan (embarazo, ITS), sin ofrecer un enfoque centrado en la calidad que se necesita en las relaciones para construir interacciones personales verdaderamente amorosas y de apoyo mutuo.

En realidad, tener relaciones sexuales es la expresión física de una relación amorosa con otra persona. Es una manera de celebrar el amor que vivimos a diario. Cómo vivimos nuestra sexualidad y cómo nos identificamos con ella como hombres y mujeres, es un reflejo de cómo amamos y vivimos en nuestra vida. Cada uno de nosotros determina activamente lo que significa intimidad, amor y conexión.

En una sociedad donde la violencia, la conducta abusiva y la auto-objetivación se normalizan, cada vez más jóvenes consienten a prácticas abusivas y violentas como el llamado rape-style-sex (sexo de estilo violación) como un tipo de sexo “normal”. El abuso se convierte en una práctica cultural. Incluso si la persona joven se siente en una situación comprometida, se verá obligada a calcular el riesgo entre las pocas elecciones posibles: participar del abuso culturalmente aceptado o arriesgarse al ‘suicidio social’ de ser considerado ‘un pringado/a’, ‘poco hombre’ o ‘una estrecha’.

Una sociedad sexualizada fomenta una desconexión con el propio cuerpo y con los demás a través de diversas formas de objetivación, y genera un entorno propicio para que las normas sociales abusivas y sin amor pasen a determinar nuestro comportamiento. Esto abre la puerta a aceptar una versión reducida del amor que promueve un tipo de sexualidad basada en el abuso, la humillación, la violencia y la degradación del cuerpo, en general, y del cuerpo femenino en particular.

En la actualidad, la educación sexual se centra principalmente en la seguridad y la protección, en la exploración de normas y valores individuales y colectivos, y en la práctica de habilidades para, por ejemplo, rechazar las relaciones sexuales no deseadas o no protegidas, resistir las presiones sociales y sostener el no ante la coacción sexual, el uso de anticonceptivos apropiados, etc. Todo esto es de gran valor y necesita ser transmitido. 

Sin embargo, el enfoque centrado en la seguridad y la protección no conduce a la apropiación  y incorporación de una calidad de vivir desde el amor, sino al simple desarrollo de unos mecanismos de defensa que se pueden olvidar fácilmente cuando no se percibe el peligro o cuando las normas culturales dominan el proceso de toma de decisiones. La educación centrada en la seguridad por sí sola no evita los comportamientos de riesgo, pues la persona joven puede percibir que la “recompensa” posterior, en términos de reconocimiento personal, bien merece ese riesgo. ¿Pero qué pasa si la “recompensa” sólo tiene un valor aparente porque, desde el principio, lo que subyace es la ausencia de auto-valor y amor propio?

No podemos proteger a la juventud de los tipos de abuso que están arraigados en nuestra sociedad, y que aprenden y normalizan durante el crecimiento. Por lo tanto, en lugar de tratar de protegerlos de los males presentes en la sociedad, hay que equiparlos para que puedan hacer frente a ellos, y empezar a abordar las causas en lugar de tratar los síntomas, preparándoles de esta manera para la vida.

Hay muchas razones por las que las personas jóvenes adoptan una norma social. Lo que tenemos que considerar y ofrecer es una educación que ayude a la juventud a entender la diferencia entre cuándo están siguiendo dicha norma y cuándo están tomando decisiones libres que respetan sus propios sentimientos y sus propios cuerpos. Cualquier otra cosa será sólo la búsqueda de una solución temporal que no impulse ningún cambio real y como la evidencia nos muestra, sin gran impacto sobre la salud y el bienestar de toda una generación.

Por lo tanto, a no ser que dirijamos la mirada a aquello que constituye abuso en nuestras vidas – y a explorar formas para no caer en él – seguiremos viviendo y replicando el ciclo de la normalización de la violencia y el abuso, hasta el punto de llegar a calificar como “normal” lo que, todavía hoy, se considera moralmente censurable. El abuso comienza con el abuso hacia nosotros mismos, y su capacidad para dominarnos (o no) es inversamente proporcional al nivel de auto-amor (y, gradualmente el amor) que encarnamos y en el que vivimos.

El auto-abuso, el abuso de uno/a mismo/a, es la vía de entrada a la aceptación del abuso por parte de otros. El auto-abuso no lo constituyen solamente los comportamientos extremos, sino la confirmación diaria de “no merecer la pena”. El auto-abuso comienza con nuestras elecciones diarias respecto a quienes somos con nosotros mismos y la calidad en la cual decidimos vivir.

Pasar los años de adolescencia frente a un espejo, odiando nuestro propio reflejo y sobrecargando nuestro cuerpo con pensamientos y comentarios irrespetuosos, o tratando constantemente de “mejorar” y “arreglar” el cuerpo, establece las pautas a partir de las cuales permitimos que nos traten los demás.

Detestar el propio cuerpo y la propia persona nos subordina a los mandatos de la oferta y la demanda de una cultura sexual que nos reduce a cuerpos funcionales y a estereotipos que nunca coinciden con nuestra auténtica grandeza.

  • Un cuerpo detestado acepta más fácilmente una versión reducida del amor, ya  que es lo que sabe y vive.
  • Un cuerpo detestado no se percibe como un sujeto activo con capacidad de amar, sino que busca fuera de él un amor que lo realice y lo satisfaga – que lo ‘bueno’ viene de ‘fuera’ y nos trae el amor.

Como afirma el filósofo Serge Benhayon:

“Como estamos vacíos, constante e incesantemente queremos algo hecho para nosotros, pero el amor no es algo que cualquiera pueda hacer. Escoge auto-amarte, y sé ese amor en todo lo que haces. Será lo mejor que podrás hacer por ti mismo y por los demás al mismo tiempo”

Serge Bengayon, Esoteric Teachings and Revelations, p. 696

Promoviendo una aproximación cardio-céntrica y un modo de vivir a partir de la inteligencia del corazón, el autor afirma que el cuerpo es el marcador de toda verdad y que, antes que nada, somos seres sensibles que en primera instancia sentimos. A partir de ahí podemos abordar nuestro aprendizaje académico de forma mucho más significativo, nutriendo en primera instancia nuestra forma de ser desde el amor.

El amor es el ingrediente que falta en nuestra sociedad – no sólo en la juventud, ya que esta sólo nos refleja la horrible realidad de su ausencia. El sexo sin (auto) amor está fundamentado en la funcionalidad y en la seguridad; supone la búsqueda de alivio en el otro sin que entre en juego el verdadero amor. Este tipo de educación sexual es profundamente dañina para la juventud.

A través de este reduccionismo, les estamos enseñando únicamente a buscar amor a través del sexo sin ofrecerles las herramientas para entender y confirmar el amor que es innato a ellos.

“Hacer amor es una extensión de cómo vives contigo mismo y de cómo esa unión de iguales se vive con tu pareja. Por lo tanto, hacer el amor es siempre un acto que confirma el amor que ya tienes en oposición a tener sexo, que en realidad es un acto en la búsqueda de amor”

Serge Benhayon, Esoteric Teachings and Revelations, p. 695

Es el amor que tenemos en nosotros mismos el que determina el tipo y la calidad de las interacciones amorosas (sexuales o de otra índole) que tenemos entre nosotros.

Es importante entender que hacer del amor el pilar básico de la educación sexual no es un ejercicio moral. Tener o no tener sexo no es una cuestión de moralidad, sino de la calidad que elegimos cuando nos vinculamos con alguien.

Es la libre decisión de cada persona el elegir sexo (la búsqueda del amor en otro) o desarrollar cotidianamente el amor en uno mismo que puede confirmarse naturalmente a través del acto de auto-amarse. Por lo tanto, no estamos hablando del amor que buscamos en el otro como el pilar fundamental de la educación sexual y afectiva, sino del amor como el fundamento de la relación con nosotros mismos y, a partir de ahí, con los demás.

Una época de pornografía cada vez más extrema, basada en la degradación rutinaria y el abuso, deja claro que el debate polarizado entre la “moralidad eclesiástica” y la “liberalidad sexual” ha sido superado. El tema emerge como una cuestión cuyo abordaje es cada vez más urgente, pues pone en juego la salud, el bienestar y la integridad corporal tanto de jóvenes como de adultos.

Los responsables públicos están constantemente abordando la falta de conocimiento de la gente joven, pero no necesitamos sólo una juventud y una sociedad más informada. Necesitamos gente joven y no tan joven que conecte con su cuerpo y viva con la consciencia de que son, ante todo, seres sensibles que sienten y perciben todo lo que pasa a su alrededor.

Necesitamos apoyar a la juventud para que desarrollen auto-amor en sus propios cuerpos para que dejen de tomar decisiones de desamor/ajenas de amor.

El problema no es que no sepan, pues lo saben. El problema es que están tomando decisiones que no nacen del amor.

Al centro de la educación sexual tiene que estar el desarrollo de amor propio en el cuerpo a través de una aproximación holística de auto-cuidado y del cuidado del ser. De esta manera la juventud tenga la posibilidad de crear conciencia sobre qué es el abuso, qué formas toma y cómo se siente y se ha normalizado, y comienzan a tener un registro de una calidad de amor en su propio cuerpo desde lo cual se pueden empezar a relacionar consigo mismos y desde ahí con los demás. Por lo tanto, la educación sexual tiene que enmarcarse dentro de un concepto de educación más amplio. No es un tema separado, sino parte de un conjunto que solo en su integridad contribuye a la verdadera salud y bienestar de la juventud.

“La primera relación que tenemos es con nuestro propio cuerpo. Esta relación determina cualquier relación futura.”

Rebecca Asquith

 

Rachel Andras

El artículo original fue publicado en inglés en Unimedliving.com

What if self-care was the foundation of sex education?

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