Pasarán más de mil años, muchos más…

Como es sabido, la cultura oral tiene por finalidad la transmisión de saberes y experiencias entre generaciones y se muestra como instrumento de comunicación muy eficaz en la transferencia de contenidos, apenas mediatizados por el poder, el dinero o la Academia. Así, la oralidad preserva valores y tradiciones que, a través de otros cauces más reglados, es decir, controlados, no hubieran resistido el paso de los años.

Sin embargo, no podemos dejar de advertir la paradoja que encierra su esencia. En ese inmenso caudal de conocimientos que se enraízan en la experiencia cotidiana de las gentes, perviven concepciones culturales y existenciales refractarias al progreso, a la equidad, a la justicia universal. Y eso es, justamente, lo que ocurre con los estereotipos sobre los que se sustentan las identidades de género. Parafraseando un famoso bolero, podríamos decir que dichos estereotipos han viajado hasta nosotros, desde muy, muy lejos en el tiempo, a través de la palabra y de la imagen, y que aspiran a mantenerse vivos en un futuro que, esperemos, no dure los mil años que la canción augura.

Nuestro folklore, plasmado en leyendas, apólogos, proverbios y refranes o romances, es pródigo en ejemplos que transmiten y perpetúan una visión de la mujer como ser frágil, dependiente y vulnerable. Nuestra cultura oral, vehiculada en mensajes que, desde antiguo, trataron de educar y distraer a un público variopinto y poco instruido, vincula el tema de la edad a una concepción absolutamente distinta en lo tocante a mujeres y hombres.

En nuestro Refranero, la edad se convierte en un verdadero “desastre” que devalúa e invisibiliza a las mujeres pero que hace ganar sabiduría y reconocimiento social a los hombres, lo que les confiere poder y status dentro de su comunidad. Así, cuando los años marchitan y afean los cuerpos, los hombres “maduran” y sus experiencias y conocimientos ocupan el lugar que la belleza y la fuerza de la juventud van dejando vacío.

Pero, ¿convierte el paso del tiempo en seres más valiosos y sabios a las mujeres en las mismas circunstancias? Muy al contrario; nuestros cuentos y refranes están llenos de mujeres que, convertidas en “viejas”, han perdido todo lo que la sociedad demandaba de ellas, un cuerpo hermoso y lozano, una juventud inexperta e inocente. De este modo, aquello que en los hombres se valora como experiencia, se percibe en las mujeres mayores como peligro, y se transmite ligado a la burla o el rechazo.

Así, las mujeres mayores aparecen en muchas manifestaciones de la cultura oral como madrastas, brujas o suegras (advirtamos la falta de correlación con los personajes masculinos de edad avanzada), a las que hay que temer y rehuir. Un viejo refrán castellano- “Dichoso Adán, que no tuvo suegra”- puede servirnos de ejemplo.

. Los refranes son mucho menos eficaces hoy para producir conocimiento y promocionar valores; sin embargo, la publicidad que inunda nuestras sociedades ha tomado el testigo en la tarea de transmitir y perpetuar visiones fuertemente estereotipadas en lo que se relaciona con la edad de hombres y mujeres.

Una imagen vale más que mil palabras

Voy a detenerme ahora en otro aspecto muy importante de la cultura popular para las sociedades actuales, donde la imagen ha desplazado con creces al apólogo, al refrán o la frase hecha. Se trata de observar un tanto críticamente el papel que ejercen las imágenes que “decoran” nuestra vida cotidiana, de verificar o contrastar con ellas lo dicho anteriormente para la palabra anónima.

Me refiero a ese “universo icónico” que apela con intensidad a nuestros sentimientos, no a nuestra razón, que puebla nuestro espacio público o se cuela en nuestras casas, y que refuerza subliminalmente lo que, desde antaño se nos dijo sobre las mujeres y los hombres mayores. Se trata, por tanto, de analizar con cierta distancia las representaciones genéricas acerca de seres humanos y edad inscritas en las imágenes prevalentes de la cultura popular.

No hablo, por supuesto, de la imagen en el ámbito artístico, que propone multitud de lecturas y juegos visuales; no hablo tampoco de la capacidad de la mirada experta para analizar, deconstruir o dotar de novedosos significados aquello que se le propone desde un mensaje visual elaborado. Me refiero a todas aquellas representaciones icónicas nacidas para transmitir un contenido unívoco, unidireccional, en un contexto social variopinto y multicultural; es decir, imágenes de producción y distribución avaladas por el “poder” cultural/político o económico y que permiten un reconocimiento e interpretación inmediatos.

Puesto que las sociedades contemporáneas producen, consumen, digieren y defecan millones de imágenes por segundo sin que éstas dejen apenas rastro en su epidermis, voy a centrarme en aquellas representaciones que, en el espacio público, transmiten un potente mensaje de “poder social” reconocido colectivamente: las estatuas que adornan nuestros parques y plazas, las vallas publicitarias o las mamparas de autobuses y metro (nada pródigas, por cierto, en representaciones de mujeres y hombres de edad).

Me erijo, con todos los condicionantes que ello supone, en sujeto observador (empleo el masculino “inclusivo”, aunque me moleste, para eludir el término sujeta) y refiero mi experiencia como mujer bien entrada en la sesentena que apenas encuentra en los referentes populares de mi cultura una imagen con la que identificarme. Los ejemplos a los que voy a referirme se circunscriben a un período brevísimo de tiempo, los 20 primeros días del presente julio, y no tienen mayor relevancia que la de provenir de mi propia experiencia.

Paseo por calles y plazas de una ciudad europea, Atenas, inventora de la democracia occidental (de la que, por cierto, se excluyó a mujeres, esclavos y niños). Como suele ocurrir cuando nos movemos en espacios desconocidos, las imágenes que los pueblan adquieren un valor añadido del que suele privarlas la cotidianidad. “Hablan” sin palabras de sucesos, de valores, de reconocimiento público, y los extraños oímos e interpretamos lo que un idioma ajeno no nos puede transmitir.

No quiero extenderme acerca de la exaltación que la Grecia clásica hizo del cuerpo joven masculino (multiplicado hasta la extenuación en cerámicas, camisetas, postales y un largo etcétera de cachivaches para turistas, que te asaltan por doquier). Me referiré únicamente a la representación pública de los prohombres griegos (“prohombre”: Personaje ilustre respetado y de gran consideración entre los de su clase, según la RAE.), omnipresentes en calles y plazas céntricas. Hombres de edad que fueron políticos, estadistas, estrategas, libertadores, filósofos, escritores, re-presentados y re-conocidos públicamente ocupando el lugar que les corresponde por su contribución al bien común.

Pero, ¿y ellas? ¿Dónde y cómo han sido representadas? ¿Quién recuerda a Safo, a Diotima o Aspasia, mujeres de carne y hueso que contribuyeron con su pluma, su verbo y su inteligencia a una civilización que negaba a las mujeres participar en juegos olímpicos (para que no vieran el cuerpo desnudo de los hombres) o interpretar los personajes femeninos de sus famosas tragedias? Casi al final de mi viaje, topé con una gran valla publicitaria en la que una viejecita, muy arrugada y vestida de negro, (representación absolutamente convencional de la ancianidad femenina) introducía una hogaza de pan en un horno de leña. Todos estos símbolos remiten directamente a la bondad de una cadena de panaderías que elaboran “el mejor pan de Grecia”, el horneado con la experiencia de quien lo hizo siempre, con amor, con dedicación exclusiva, en fin, como debe ser.

Vuelvo a mi ciudad e interpelo con atención los espacios públicos de mayor visibilidad y más transitados por propios y extraños. La misma constatación: placas, estatuas, bustos de prohombres (intento imaginar el término promujer u otro que sustituyera la palabra homenaje por otra más neutra). Y sí, aquí también tenemos una sobrerrepresentación de abuelas encantadoras que funcionan, en el ideario popular, como contrapunto a las brujas, suegras y otras malas pécoras de edad. Las miras y sientes que “rezuman” amor por los suyos, que son las portadoras y transmisoras de valores hogareños “que nunca debieron perderse” y que hoy son franquiciados, empaquetados y vendidos a quienes añoren un tiempo mejor.

¿Cómo no escoger entre otros El caldo de la abuela, de Knorr, las pizzas de Casa Tarradellas, hechas con tanto cariño por aquella avia que siempre espera que vuelvas al paraíso rural, o las yayitas recién horneadas, o los menús de La Cazuela de la Abuela? ¿Y qué decir de la franquicia La abuela costurera que, por si cupiera alguna duda a nuestros jóvenes sobre cómo debe ser una “verdadera” abuela, adornan sus locales con una gran muñeca más propia de un cuento infantil que de un negocio actual.

Cambio de tercio; hojeo distraídamente el suplemento sabatino S Moda del diario El País (12 de julio). Como siempre, la falta de diversidad en las representaciones de género, sobre todo en lo tocante a la tercera edad, es evidente. Un reportaje central en el suplemento, Los verbos que cuentan en la retaguardia (léase culo), nos invita a tratar “nuestras partes íntimas”, moldeándolas en el quirófano por el módico precio de algunos miles de euros y, eso sí, avisando del riesgo que comporta. Hay que combatir al enemigo llamado edad y “asegurar, recolocar, erradicar o aumentar” según convenga nuestros glúteos. ¡Ojo al dato! También es posible, y por supuesto, deseable “rejuvenecer” nuestra vagina ¿?

Por fin, un titular, Superheroínas contra la sexualización, me hace concebir la esperanza de hallar imágenes que se ajusten más a la realidad y en las que podamos reconocernos las mujeres de mediana edad. Una de las innovaciones supone el lanzamiento de una muñeca Barbie (“A sus 83 años la aún modelo…se ha convertido en una muñeca revolucionaria”, reza el pie de la foto) que, excepto por el pelo blanco, presenta la misma apariencia que una mujer 50 años más joven. Resulta patética esta negación, una y otra vez, del paso del tiempo. El mensaje que estas imágenes lanzan a las mujeres es contundente. Como se encarga de señalar un importante dermatólogo en otro artículo del mismo suplemento: “….es muy importante para combatir cualquier manifestación de envejecimiento.”, en la mujer, añado, por supuesto.

A punto de sucumbir bajo el peso de los años y el designio cruel que el tiempo nos reserva a las mujeres (es bien sabido aquello de que “con la edad o te amojamas o te ajamonas”), me encuentro ante la imagen reconfortante de un senior de 90 años que proclama desde la mampara del autobús: “Cada día estoy más guapo. Lo digo en serio”. Y, ¡oh maravilla!, lo ha conseguido sin cirugía, sin costosos tratamientos de belleza, sin daños colaterales. Sólo con constancia en el cuidado de su salud y al módico precio ¡de los embutidos Campofrío!

En fin, ironías aparte, acabo este artículo proponiendo un acercamiento crítico a todas aquellas manifestaciones de la cultura popular, oral o visual, que, bajo una aparente neutralidad, vehiculan los mismos estereotipos genéricos de siempre. Es decir, y acudiendo de nuevo al Refranero, sepamos sorprender y denunciar “el vino viejo en los odres nuevos”.

Elena Vera

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